Sunday, August 30, 2026
Short Stories | 4 min read

Compraba 60 kilos de carne diarios: El aterrador secreto del barco abandonado

Una anciana compraba 60 kilos de carne cada día para su hijo muerto. Al seguirla al barco abandonado, el carnicero descubrió la peor de las pesadillas.

Compraba 60 kilos de carne diarios: El aterrador secreto del barco abandonado

En los tranquilos poblados a orillas del Nilo, las rutinas diarias rara vez sufren alteraciones drásticas. Por ello, cuando una anciana humilde rompe su costumbre de décadas para adquirir cantidades descomunales de alimentos, la curiosidad de los vecinos rápidamente se transforma en una inquietante sospecha. Esta es la aterradora historia de la Sra. Laila, un carnicero apodado Tío Abdo y un misterio escalofriante oculto en las entrañas de un barco abandonado.

La compra habitual y la extraña justificación

Cada mañana, tan pronto como la carnicería abría sus puertas, la Sra. Laila se presentaba puntualmente ante el Tío Abdo. Con manos temblorosas pero decididas, extraía dinero antiguo de una pequeña bolsa de tela y solicitaba exactamente sesenta kilos de carne de res. Para una mujer sencilla que vivía sola en una humilde casa a las afueras de un pueblo en el Alto Egipto, semejante volumen de compra resultaba totalmente fuera de lo común, pues toda su vida se había limitado a adquirir trozos pequeños para abastecerse apenas dos o tres días.

Incapaz de contener la curiosidad desde la primera jornada, el Tío Abdo le preguntó si organizaría algún festejos o reunión especial. La mujer respondió con una enigmática sonrisa, argumentando que su hijo volvería a visitarla y deseaba prepararle una comida inolvidable. Aunque el comerciante le deseó lo mejor en un primer momento, esa misma noche una conversación fortuita con otro habitante del pueblo reveló una verdad demoledora: Mahmoud, el único hijo de la Sra. Laila, había fallecido y sido enterrado hacía exactamente siete años.

A pesar del estremecimiento que provocó el hallazgo en el carnicero, las compras matutinas no cesaron. Días tras día, la anciana repetía la misma operación, cargando las pesadas bolsas de carne antes de alejarse a toda prisa con rumbo desconocido. Rumores de todo tipo comenzaron a propagarse entre los pobladores: unos afirmaban que alimentaba jaurías callejeras, otros sospechaban de un negocio clandestino y algunos creían simplemente que la pérdida de su hijo la había hecho perder el juicio.

El rastreo hacia el bosque y la criatura del barco

Decidido a despejar las dudas que perturbaban al pueblo, el Tío Abdo optó por seguir sigilosamente las huellas de la mujer al caer el sol. El rastro lo condujo hasta los límites del bosque, donde la silueta oxidada y abandonada de una vieja embarcación emergía entre la bruma como un monstruo dormido. Deslizándose entre las tablas rotas de la cubierta, el carnicero presenció cómo la mujer depositaba las bolsas en el centro de una sala vacía y hacía sonar un extraño silbato de metal.

A los pocos segundos, el suelo de madera tembló cuando seres de aspecto monstruoso y piel manchada emergieron de la penumbra para devorar la carne en cuestión de minutos. Sin embargo, el verdadero horror aconteció cuando desde el fondo del buque avanzó una figura de estatura enorme y pasos vacilantes: era Mahmoud, el hijo muerto siete años atrás. Aunque conservaba los rasgos de su rostro, lucía extremadamente pálido y sus ojos carecían de cualquier chispa de alma humana.

Entre lágrimas, la Sra. Laila intentaba consolar a la entidad jurando que jamás lo dejaría pasar hambre. Pero el momento de revelación se tornó letal cuando la criatura giró la cabeza bruscamente hacia el escondite del Tío Abdo, seguida al instante por las demás bestias. Antes de que el carnicero pudiera reaccionar para huir, la anciana lamentó su presencia advirtiéndole que su hijo no había regresado solo de la tumba, justo en el momento en que las puertas metálicas del barco se cerraron de golpe, atrapándolos en la oscuridad absoluta.
▶︎segunda parte

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